Cobrar, aparecer en Google, convencer al que duda y que el que compró vuelva. Son siete frentes distintos: trabajo los que te falten, no los siete por defecto.
No hay paquete cerrado. Se empieza por donde más te esté costando y cada servicio se cotiza aparte, con el precio sobre la mesa antes de empezar.
Montada en Shopify, con tu catálogo cargado, tus envíos y tu inventario. Si ya tienes una en otra plataforma, se migra sin perder lo que ya vendes.
PSE, Nequi, tarjetas y Bancolombia con Wompi. Addi o Sistecrédito para que puedan llevarse hoy lo que no pueden pagar hoy. Y contraentrega con confirmación previa.
Que te encuentren buscando lo que vendes, no tu nombre. Estructura, fichas escritas para buscar, velocidad de carga y los datos que Google necesita leer.
Fichas de producto, páginas y correos. La diferencia entre «camiseta azul talla M» y una ficha que explica por qué esa y no otra son ventas, no estilo.
Campañas en Meta y Google, con el píxel y las conversiones bien medidas. Sin medición no es publicidad, es gastar y esperar.
El camino completo del anuncio a la compra: dónde aterriza, qué lee, qué lo frena en el carrito, y qué le llega si se va sin comprar.
Contenido y publicación constante para que la tienda no dependa solo de la publicidad. Lo que se publica sale de lo que de verdad se vende.
Publicidad y manejo de redes son trabajo mensual con tu presupuesto, no montaje de una vez. Se cotizan y se reportan aparte del resto.
Pedidos que se copian a mano, inventario repartido entre tres sitios, un proceso que te come dos horas al día. Eso ya no se arregla con una tienda: se arregla con software.
Miro lo que tienes y te digo por dónde empezaría. Si lo que te hace falta es una sola de estas siete cosas, también te lo digo.